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Cinco claves para aplicar el equilibrio necesario entre corazón y ejercicio físico (y más tras los excesos navideños)
La actividad física regular reduce el riesgo de infarto, contribuye al control de la tensión arterial, mejora el perfil lipídico, favorece el mantenimiento del peso corporal, disminuye el estrés y repercute positivamente en el bienestar emocional. El ejercicio es, sin duda, una de las intervenciones más eficaces de las que disponemos en medicina. Sin embargo, como ocurre con cualquier tratamiento, su intensidad, tipo y frecuencia deberían ajustarse a las características de cada persona. Este principio cobra especial relevancia en personas con enfermedades cardiovasculares, ya sean adquiridas, hereditarias, o en quienes se encuentran en tratamiento o seguimiento oncológico. En ocasiones, la recomendación que damos de reducir la intensidad del ejercicio físico puede resultar emocionalmente tan compleja como lo es para una persona sedentaria la de iniciar la actividad física desde cero.
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